martes, 10 de mayo de 2011
Interruptus LV: El día de los muertos votantes
George A. Romero nos regaló en 1968 su ya clásica “Night of the living dead”. Desde aquel momento, el fenómeno zombi no ha hecho más que aumentar. No es necesario enumerar aquí la cantidad de películas y libros que se han dedicado al respecto. Incluso recientes series de televisión. Pero, ¿por qué esa fascinación por la no muerte? ¿Qué posee esa temática que tanto puede atraer a un sector de la población (entre los que me incluyo)?
Una posible razón es la capacidad de transformar misteriosamente lo que es en lo que no es, el hecho innegable en su negación, la muerte en no muerte. Casi todas las historias de zombis tienen como común denominador el desconocimiento de la causa que origina la transformación. Se dan pinceladas, insinuaciones, pero rara vez queda claro, entre otras cosas porque no puede haber una explicación racional para lo sucedido (en ocasiones se recurre a un origen sobrenatural, pero entonces el argumento pierde parte de su “encanto”).
La horda de zombis actúa por instinto, de forma pasional, sin detenerse a pensar sobre las consecuencias de sus actos. Les mueve su hambre de carne humana. Pero por muchos antiguos congéneres que devoren, su apetito jamás se ve saciado. Están condenados a la no satisfacción, al igual que a la no vida y a la no muerte.
Otro de los “encantos” de estos relatos es que siempre presentan a un reducido grupo de humanos, como si fueran los últimos reductos de ciudadanía y civilización, que deben sobrevivir a la amenaza zombi. Normalmente son ampliamente superados en número por los no muertos, están mal equipados, y no son héroes, sólo personas normales. Personas que no quieren dejar de serlo. A las que les aterra no sólo el hecho de morir, sino el haber perdido la certeza de que esa muerte es el descanso final: es transformarse, por un fenómeno inexplicable, en un muerto viviente. Vagar eternamente sin vida, sin conciencia, sin poder ser humano, ni siquiera en la muerte.
Por último, suele ser común que este pequeño grupo de humanos supervivientes tenga también conflictos. Se producen a menudo pequeñas rencillas, enfrentamientos, e incluso luchas que acaban mermando sus posibilidades de sobrevivir. El origen generalmente está en diferencias acerca del modo de enfrentar la amenaza. Sólo los pocos que permanecen unidos y trabajan en equipo tienen alguna posibilidad. Los que van por libre, o siguen caminos claramente erróneos, terminan alimentando a los zombis o uniéndose a ellos.
El 22 de mayo se desencadenará un nuevo día de los muertos votantes. Los colegios electorales abrirán sus puertas para tratar de transformar misteriosamente, con el acto de votar sin elegir, lo que es en lo que no es, el hecho innegable en su negación, la partitocracia en democracia. Una horda de zombis actuará por instinto, de forma pasional, movidos por un hambre de libertad que jamás será saciada. Están condenados a la no satisfacción, al igual que a la no libertad política. Las personas que no quieren dejar de serlo evitarán vagar sin libertad, sin conciencia, sin elegir, sin ser ciudadanos. Sólo la abstención activa puede enfrentar la amenaza, manteniendo la integridad moral y personal. Aquellos que sucumben a la tentación de las urnas, acaban alimentando a la horda o uniéndose a ella. Es más necesario que nunca recurrir a la guía de supervivencia zombi.
jueves, 12 de febrero de 2009
Interruptus XLII: ¡Felicidades, Darwin!

EL ORIGEN DE LAS IDEAS
Sin duda, la contribución de Darwin con sus estudios sobre el origen de las especies ha sido un pilar fundamental para el desarrollo de la biología y otras disciplinas afines en el último siglo. Su teoría de la selección natural es la base de la síntesis evolutiva moderna, que ha logrado conectar el mecanismo de evolución (la selección) con la unidad de la misma (los genes).
Esta selección natural es la responsable de que las características más favorables en un ambiente sean transmitidas a nuevas generaciones, mientras que las más desfavorables disminuyen su frecuencia (o incluso desaparecen). Para que esto ocurra, es necesario que exista una información que puede ser copiada y almacenada (los genes), y variación en esa información para que actúe la selección.
Pero este principio de la selección natural no sólo se puede aplicar a los genes. En las últimas décadas se han desarrollado una serie de corrientes de pensamiento englobadas dentro de lo que se conoce como el Darwinismo universal, y que sostienen que el algoritmo que implica variación, selección y retención de la información, puede ser aplicado a otros campos del conocimiento aparte de la biología. En las ciencias sociales se han encarnado fundamentalmente en la sociobiología y en la memética. Ambas sostienen que la información cultural (memes) se transmite y mantiene por un proceso de selección natural: las mejores ideas, canciones, obras de arte, etc., se extenderán entre la población en detrimento de las peores. Pero siempre considerando el ambiente que las rodea, que determina si la selección será a favor o en contra.
En un ambiente de consenso entre oligarquías políticas y de control de éstas sobre los medios de comunicación, la presión de selección va en contra de las ideas que promueven la libertad de los ciudadanos y el control de los mismos sobre sus gobernantes, y a favor de la servidumbre voluntaria. Se corre el riesgo de alcanzar una uniformidad “memética” en la población y de que desaparezca la diversidad de pensamiento. En este caso, los efectos sobre la sociedad civil serían desastrosos cuando se produjera un cambio en el ambiente, del mismo modo que las alteraciones medioambientales pueden ser letales para una población genéticamente uniforme.




